Las familias del accidente agradecen a Adamuz el apoyo en el peor momento
Las palabras más esperadas del funeral por el accidente de Adamuz llegaron de boca de quienes más han sufrido. Varias familias de los fallecidos intervinieron para poner nombre al dolor y, a la vez, para subrayar un gesto que marcó aquellos días: la respuesta del pueblo cordobés.
El foco se centró en Liliana Sáenz de la Torre, que perdió a su madre, Natividad de la Torre. Su mensaje fue directo: gratitud por la ayuda recibida en medio del impacto, el miedo y la incertidumbre.
Hubo un reconocimiento público a quienes acudieron sin dudar al lugar del siniestro y acompañaron a los heridos. Y también un aviso: la herida sigue abierta y la exigencia de explicaciones no se apaga.
- El funeral y el primer gracias
- Un lazo que no se rompe con Adamuz
- Profesionales, recuerdos y la búsqueda de «la verdad»
El funeral y el primer gracias
Las familias tomaron la palabra para agradecer el apoyo recibido tras el trágico accidente de Adamuz. En un contexto de duelo extremo, el reconocimiento se dirigió al pueblo que, según destacaron, se volcó desde el primer minuto.
Liliana Sáenz de la Torre, hija de Natividad de la Torre, expresó que la gente de Adamuz «pusieron a nuestra disposición el sustento y el cobijo de esos amargos días, pero sobre todo, pusieron todo su cariño, su entrega y su deseo de hacer que ese duro momento doliera un poco menos».
En su intervención, recordó la reacción inmediata de quienes se lanzaron a ayudar nada más ocurrir el accidente: «sin pensar en las consecuencias no dudaron en sumirse en el caos de los hierros retorcidos, de la sangre, del dolor y de las lágrimas».
También subrayó que no se marcharon cuando todo era confusión. Acompañaron a los heridos «hasta que estuvieron seguros de que estaban a salvo. Luego nos acompañaron en nuestro lamento».
Un lazo que no se rompe con Adamuz
El vínculo con Adamuz quedó formulado como una unión que ya no se deshace. En ese tono, Liliana remarcó: «Gracias al pueblo de Adamuz, ese pequeño rincón que nunca olvidaremos y que nunca olvidará a los que nos sentimos y nos sentiremos unidos para siempre».
Desde el inicio de su discurso, situó ese agradecimiento como el primer paso tras el golpe emocional: «cuando el vendaval que recorre nuestro interior parece calmarse, queremos empezar estas palabras dando las gracias».
También hubo palabras para la Diócesis de Huelva, a la que agradeció la celebración del funeral, «el único que cabía en esta despedida». En ese punto, recordó que el Gobierno había planteado un homenaje de Estado que, finalmente, fue suspendido.
En una de las frases más contundentes, dejó clara la posición de las familias durante el acto: «La única presidencia que queremos a nuestro lado es la del Dios que hoy aquí se ha hecho presente en el pan y el vino, bajo la mirada de su madre, en su advocación cinteña».
Con la fe como eje, evocó el arraigo religioso del entorno y el consuelo que, según expresó, ofrece en un momento así: «Huelva es una tierra mariana, Andalucía es un pueblo creyente y es abrazando su cruz donde encontramos mayor consuelo».
Profesionales, recuerdos y la búsqueda de «la verdad»
El agradecimiento se extendió a quienes trabajaron en la emergencia y en los días posteriores. «Gracias a los que nos acompañáis por amor, por compasión, por empatía… gracias, incluso, a los que lo hacéis por agenda», dijo antes de enumerar a colectivos clave, como los cuerpos de seguridad, los servicios de emergencias y la sanidad andaluza, «sin duda sostenida por los profesionales que la integran».
Como sanitaria, Liliana conectó con ese esfuerzo desde la experiencia personal y trasladó una imagen dura de lo vivido por los equipos: «yo sé lo que es volver a casa de una guardia mala y abrazar a tus hijos porque sabes que alguien ya nunca podrá volver a hacerlo con el suyo». Y añadió: «intentar sanar el cuerpo de alguien que tiene el alma herida de muerte… Tuvo que ser durísimo, compañeros. Gracias».
La mención incluyó al personal y voluntarios de Cruz Roja, de quienes destacó que «no han soltado nuestra mano en ningún momento». En sus palabras, fueron cura, alivio, consuelo y acompañamiento cuando más hacía falta.
También agradeció la implicación de las instituciones autonómicas, a las que situó «al frente desde el minuto cero, soportando el caos y los envites de nuestra propia angustia». Aun así, lanzó una crítica clara por «la lentitud de la información», porque «es mejor saber que imaginar».
En ese repaso, resaltó el papel de los alcaldes y citó a la alcaldesa de Huelva, Pilar Miranda, como ejemplo de entrega, al afirmar que demostraron que «hay que ser grandes como personas para poder ser grandes como servidores públicos».
La ciudad de Huelva recibió, además, unas «gracias infinitas» por el acompañamiento constante. Según señaló, el apoyo llegó «de una forma extraordinaria», compartiendo «la grandeza de su amor y su propio dolor, intentando así que el nuestro fuera un poco menos desgarrador».
Con el paso de los días, describió cómo el duelo se mezcla con la memoria. El dolor, dijo, deja espacio a escenas del pasado, y su corazón «aún con la misma espada clavada, empieza a esbozar pequeñas y tímidas sonrisas cuando mil estampas pasadas irrumpe continuamente en nuestra mente».
En ese tramo, recordó un episodio de infancia con su madre. De niña le preguntó cuánto dinero ganaba, y ella contestó que «lo justo», explicando que lo que quedaba en su cuenta a final de mes no era suyo, sino «de los demás», un gesto que vinculó con su «generosidad», de dinero, de ganas, de tiempo y de sonrisas.
La portavoz insistió en que lo sucedido el domingo 18 de enero no puede reducirse a un número. Lo que se perdió, señaló, no fue sólo una cifra, sino vagones «llenos de virtudes y defectos, triunfos y derrotas, anhelos y silencios, de esperanza». Los 45 del tren eran «nuestros padres, madres, hermanos, hijos o nietos…», eran «la alegría de nuestros despertares y el refugio de nuestras penas».
El discurso derivó hacia una reflexión social y una frase rotunda: «Ellos eran eso que ya nunca serán…». En ese contexto, habló de una sociedad «tan polarizada» que, según lamentó, empezó a resquebrajarse «hace mucho tiempo y no nos estamos dando cuenta».
Después llegó el mensaje más crudo, ligado al arrepentimiento y a lo irreversible: «somos las 45 familias que han aprendido con demasiada crueldad que la llamada que no se hace se queda sin hacer y el beso que no damos es el que más recordamos». Y añadió que ahora cambiarían todo el oro del mundo de este mundo «por poder mover las agujas del reloj tan sólo 20 segundos».
Las familias, aseguró, lucharán por saber «la verdad» y para que no vuelva a haber nunca otro tren, pero desde «la serenidad, el alivio y la paz»: «Solo la verdad nos ayudará a curar esta herida».
En la parte final, evocó a la patrona de Huelva, la Virgen de la Cinta, y citó también a la Virgen de la Bella, la Almudena, Remedios, la Victoria, del Carmen y Rocío, entre otras. A ellas les decían que «diles que tenemos paz y que seremos valientes, que el odio no nacerá en la rabio que nos crece» y que volverán «las sonrisas, seguiremos viviendo y este amor no morirá. Vivirá de sus recuerdos».
El cierre llegó con una despedida marcada por la fe: «con fe esperaremos a que llegue ese momento en el que Dios nos abrace y así volvamos a vernos. Descansen en paz».