Venezuela tras Maduro: hablar aún requiere valentía y el miedo remite

Venezuela encadena más de un mes de una calma que, sobre el papel, parece normalidad. Tras la captura de Nicolás Maduro, los rutinas vuelven: trabajo, clases y hasta planes de ocio. Pero el ambiente no es de alivio pleno.

La idea de que Estados Unidos “controla” de una u otra forma el país y las señales de apertura del Gobierno de Delcy Rodríguez no han borrado la prudencia. En la calle se esquiva la política y también el ataque ejecutado por EEUU. En varios barrios, la noche sigue dando respeto por miedo a encontrarse con colectivos, descritos como los paramilitares del régimen.

Desde Caracas, Gabriela (nombre ficticio) resume esa sensación extraña: "La vida ha seguido, de forma extraña, pero ha seguido, porque nunca antes habíamos estado en esta situación". La palabra que más se repite no es celebración, sino incertidumbre.

El temor a hablar convive con un regreso gradual de la protesta. El estudiantado vuelve poco a poco a las calles para pedir la liberación de presos políticos. Ocurrió el 12 de febrero, Día Nacional de la Juventud, cuando el Movimiento Estudiantil de Venezuela marchó en distintas ciudades del país.

En la Universidad Central de Venezuela (UCV), la principal del país, se escuchó el mismo grito: "Ni uno, ni dos, que sean todos". La ONG Foro Penal ha verificado 431 liberaciones, lejos todavía de las 895 excarcelaciones anunciadas por el régimen. En paralelo, la Asamblea Nacional —en manos del chavismo— intenta impulsar la Ley de Amnistía para la Convivencia Democrática, aunque su segundo y último debate se ha aplazado para la próxima semana.

En el oeste, Jesús (nombre ficticio) pone el foco en lo que no ha cambiado: "Hablar sigue siendo un acto de valentía. Aunque Maduro esté detenido, sus aliados siguen en el poder. Aquí en Mérida la gobernación y la alcaldía están en manos del partido del Gobierno". A ese miedo se añade otro: "El miedo de que te revisen el teléfono todavía existe, porque las represalias en la calle siguen latentes".

Ese clima se refuerza con episodios recientes, como la detención del corresponsal en Caracas de la cadena alemana DW, que luego fue liberado, según confirmó el Sindicato Nacional de Trabajadores de la Prensa de Venezuela.

En su estado, Jesús describe una “normalidad” que se siente débil, como si se pudiera romper en cualquier momento. Se ven rutinas de vuelta, pero con alerta constante: la gente “mira sobre el hombro” y baja el tono al hablar. “Es un alivio” que el dictador ya no esté en el poder, pero el silencio se impone en supermercados y aceras cuando el tema aparece.

El propio Jesús lo compara con una espera contenida, como la de alguien que "espera a que termine la tormenta para salir a gritar 'libertad' sin miedo". La cautela manda, incluso cuando la vida sigue.

Según el mismo testimonio, también se apagaron chistes y comentarios sobre lo que está pasando por un motivo claro: el control del teléfono. Durante parte de enero, relata, se paraba a ciudadanos en alcabalas para revisarles el móvil. Ese tipo de prácticas dejó huella.

Desde Caracas, Mónica (nombre ficticio) describe revisiones más duras en zonas populares y en transporte: "La relación entre el ciudadano y las fuerzas militares o policiales se ha puesto muy heavy. Sé, a través de amigos que viven hacia Petare [zona popular de Caracas], que está muy ruda la revisión. Hasta se montan en las camioneticas [autobuses] para revisar".

El patrón se repite, sobre todo por la noche. "En las noches hay alcabalas extrañas. Las personas que paran a la gente para revisarla tienen pasamontañas, entonces uno no sabe si son policías o colectivos", afirma. En su zona, asegura, la calle se vacía pronto: "A las 20.30 ya no hay carros [coches] por la calle a pesar de que tengo un supermercado grande cerca".

En ese contexto, Mónica sostiene que el debate se reduce a círculos mínimos y que la ciudad está “retraída”. Aun así, insiste en que hay expectativas, aunque con freno: "Ya hemos aprendido que con esta gente no hay que alegrarse del todo por cualquier cosa que pasa, sino que hay que esperar. La gente tiene mucha esperanza de que las cosas van a cambiar. Saben que esto va a caer por su propio peso pronto".

Jesús, por su parte, dice notar señales nuevas: liberaciones de presos políticos, la cadena privada Venevisión informando con menos miedo a la censura y el inicio de una reapertura del espacio aéreo. Lo resume así: una sensación de "fresquito" y la impresión de que el temor "está desapareciendo poco a poco".

Otro vecino de Caracas, Fernando (nombre ficticio), atribuye la bajada de tensión a la transición sin llamada a la violencia. "El hecho de que el Gobierno que quedó a cargo no llamara a la violencia, a la calle, a la lucha, generó muchísima tranquilidad en los venezolanos", afirma. Y lo remarca: "No hay tanta tensión como la que pudo haber antes del 3 de enero porque había incertidumbre por no saber lo que iba a pasar".

Para Fernando, la operación de EEUU fue un golpe inesperado: "Nunca pensé que se fuese a concretar algún tipo de acción militar sobre territorio venezolano. Eso para mí era impensable". También ve un factor clave: que el cambio no se perciba como un "cambio traumático".

En esa línea, considera que parte de la población asume la transición con serenidad y con la idea de una tutela estadounidense, incluso con continuidad del chavismo. "Creo que la gente está tranquila con el hecho de que Delcy Rodríguez sea la presidenta encargada y que siga el chavismo pero bajo la tutela del Gobierno de Estados Unidos. La gente celebra que se esté reabriendo la Embajada de EEUU, porque sienten que es una forma en la que EEUU puede tener control en tierra", sostiene. Y añade que un giro brusco podría haber empujado al país hacia "una guerra civil".

  1. Vaivén de precios tras la captura

Vaivén de precios tras la captura

Donde sí se nota el golpe es en el bolsillo. El movimiento más visible llega con los precios: siguieron subiendo tras la captura de Maduro, pero empezaron a estabilizarse después del anuncio del levantamiento de sanciones por parte de EEUU y con la expectativa de que vuelvan inversiones extranjeras.

Carmen (nombre ficticio) lo describe sin rodeos: "Los precios se incrementaron con respecto a diciembre en todo. Tanto en alimentos como en productos de higiene y farmacia". Añade que el mercado de la vivienda también se encareció, mientras que los alquileres se mantuvieron estables.

En combustible no se han visto cambios relevantes ni problemas de abastecimiento. Carmen lo resume así: "No hay colas en gasolineras ni nada por el estilo". En el consumo diario, la percepción varía según el producto.

Gabriela apunta a una bajada parcial en supermercados: "Es objetivamente cierto que los precios han bajado, al menos en los supermercados. Antes algo que te costaba cinco dólares ahora cuesta tres o dos, pero también creo que depende del producto". Pero introduce un matiz: sostiene que Farmatodo [una de las cadenas de parafarmacias más grandes del país] sube cada día más los precios.

La mejora en estanterías no cambia el problema estructural: el salario mínimo no alcanza ni para comprar una barra de pan. El 8 de enero estaba en 130 bolívares al mes, equivalentes a 0,40 céntimos de dólar, mientras una barra de pan en Caracas rondaba los 200 bolívares en esos días.

Jesús lo sentencia con una frase directa: "El salario sigue siendo miserable hoy en día. La empresa privada es la que paga por encima del decreto oficial del Gobierno que establece el salario mínimo".

Con esa presión, crece la expectativa sobre el impacto económico de las acciones de EEUU en el país. Gabriela lo plantea en clave de oportunidades: "Existe la posibilidad de que empresas extranjeras regresen, de que haya más oportunidades de empleo y de que la economía se restablezca".

Pero el horizonte, según Carmen, no es inmediato. Lo deja claro con una advertencia: "La reactivación económica no puede ser un milagro ni una cosa mágica, tomará algún tiempo".