Un regreso a la artesanía y la contemplación en la Alta Costura
En 2026, la pregunta vuelve a la mesa: ¿qué lugar ocupan las colecciones de Alta Costura? Durante esta temporada, dio la impresión de que muchos diseñadores le dieron vueltas a esa misma idea, entre tradición y cambio.
La Alta Costura sigue siendo la cima del lujo. Aun así, en las últimas temporadas, algunas de sus propuestas más exageradas se han leído a veces como pura exhibición, más cerca de la vanidad que de una prenda que apetezca llevar.
Esta vez, sin embargo, varias voces —nuevas y veteranas— devolvieron el foco a lo esencial: la ropa. Y lo hicieron sin renunciar a la fantasía, pero con una energía distinta, más atenta y menos ruidosa.
Una nueva perspectiva
Volver a poner la mirada en las prendas no implicó bajar el listón del brillo. Solo unos días después de que la moda se despidiera por última vez de Valentino Garavani, el director creativo Alessandro Michele mostró su segunda colección de Alta Costura para la casa romana. El look de apertura fue un vestido de manga murciélago, con un escote muy marcado y un carmesí rotundo: un guiño directo a Valentino y a su tono carmín, presentado por primera vez en su debut de 1959.
El mensaje no se quedó en la ropa. También importó el modo de enseñarla, y ahí se notó un giro en la forma en que se consume la Alta Costura. En percha, las prendas de Michele mezclaban con gusto el glamour de los años veinte y setenta, con vestidos válidos tanto para showgirls como para perfiles excéntricos.
La experiencia cambió por completo gracias al formato. En lugar de una pasarela, la colección se contempló mediante 12 kaiserpanorama, un tipo de mueble circular con mirillas que convertía el acto de mirar en algo casi privado, como si cada persona entrara a solas en el universo de la propuesta.
“La imagen no abruma al espectador, todavía no; lo educa. Le enseña a quedarse quieto, a centrar la mirada y a adoptar una posición basada en la atención”, escribió Michele en las notas del desfile.
El resultado fue una invitación a bajar el ritmo: menos pantalla, más presencia. Esa idea hace que el título —Espejo del Mundo— pese más. La atención se dirige a la ropa y, a la vez, se devuelve un reflejo del propio sistema de la Alta Costura, que por tradición suele pasar por alto la inestabilidad en vez de contestarla.
En la Alta Costura de Valentino, ese mundo se conserva detrás de pequeñas ventanas cuadradas, ofreciendo a muy pocos una vista concentrada de su esplendor. Con esa relación entre prenda y puesta en escena, queda claro que, en 2026, la relevancia no se apoya solo en el espectáculo, sino en la capacidad de atrapar la atención, fomentar la contemplación y recordar que la moda, en su punto más alto, se disfruta mirando y saboreando.
¿La Alta Costura como antídoto?
El mundo sigue mostrando horrores, y aun así la moda también deja espacio para lo increíble. Ahí encaja la visión de Daniel Roseberry: en un ciclo de noticias que empuja a buscar una vía de escape, su propuesta ofreció justo eso, un paréntesis temporal, tan imaginativo y tan descarado que parecía casi improbable.
A simple vista, esta idea podría chocar con el regreso a la ropa “real”, porque estas prendas tenían poco de realistas. Pero su intención, y su razón de ser, estaba plantada en el presente. Roseberry dejó caer que la Alta Costura en 2026 no tiene por qué copiar la realidad; puede responder a ella defendiendo el valor de la belleza cuando el ambiente se vuelve más sombrío.
Para la colección de Alta Costura Primavera/Verano 2026 de Schiaparelli, titulada La Agonía y el Éxtasis, la inspiración llegó desde la Capilla Sixtina de Miguel Ángel. No como relato literal, sino como detonante emocional. En lugar de “traducir” frescos a prendas, el objetivo fue atrapar sensaciones: asombro, vulnerabilidad, tensión y trascendencia.
Ese enfoque marcó el núcleo de la colección: la Alta Costura no como un código que haya que descifrar, sino como una invitación a sentir. La idea tomó forma en rasgos reptilianos y arácnidos —colas de escorpión, dientes de serpiente y siluetas quiméricas— construidos en volúmenes explosivos que desafiaban la gravedad.
La fantasía, aquí, no funcionó como escapismo sin más. Fue una elección consciente, apoyada en un rigor técnico enorme y en una imaginación desatada, para provocar emoción dentro de una cultura visual saturada. Por eso tampoco parece descabellado pensar que la colección de Roseberry no se concibió principalmente para venderse, sino para inspirar.
En un momento en que tanto la Alta Costura como el ready-to-wear premian cada vez más la claridad comercial frente a la ambición narrativa, La Agonía y el Éxtasis actuó como una refutación silenciosa. Su peso no estuvo en la “ponibilidad”, sino en su intención.
Nueva costura
También hubo espacio para los recién llegados. Jonathan Anderson y Mathieu Blazy presentaron, cada uno, su primera colección de Alta Costura para Dior y Chanel, respectivamente. Eran dos de las citas más esperadas de la temporada —y del año—, aunque quien buscara un impacto inmediato quizá se llevó una sorpresa.
Aunque con lenguajes distintos, ambas visiones apostaron por lo mismo: ropa, artesanía y una atención al detalle muy medida. La magia no desapareció; estuvo ahí, junto con escapadas a la naturaleza, pero lo que dominó fue una sensación de ligereza.
En Dior, esa ligereza se notó en un espacio lleno de flores que invitaba a acordarse del debut de Raf Simons en la Alta Costura, antes de que la flora y la fauna pasaran a la pasarela. La colección respiró esa atmósfera: túnicas voluminosas de plumas delicadas flotaban sobre pantalones de seda fluidos, y jerséis de cachemira caían con facilidad sobre un hombro, encima de faldas escocesas cortas y cruzadas.
Hubo tank tops ajustados con faldas de jacquard y cinturas abullonadas, como un giro juguetón del polisón tradicional, mezclando elegancia y naturalidad. Incluso un abrigo estrecho de pitón negro ofreció un guiño mínimo a la silueta Bar encogida, una de las pocas referencias directas al legado de Dior.
Más allá de las prendas, los bolsos tuvieron un papel clave en la visión de Anderson, como puente entre expresión creativa y estrategia comercial. Aparecieron joyas forjadas con meteoritos y bolsos reciclados a partir de textiles del siglo XVIII, dando al cliente —y también al público— otras formas de conectar con la artesanía minuciosa que sostiene a la casa.
En declaraciones a The Business of Fashion antes de su primera presentación de Alta Costura, Anderson subrayó que la Alta Costura de Dior existe para preservar habilidades que, de otro modo, podrían perderse. Esa responsabilidad siguió marcando su enfoque y ayudó a explicar por qué la Alta Costura mantiene su valor en 2026.
Dior y Chanel compartieron esa devoción por el oficio, y también los guiños a lo natural que enmarcaron ambos escenarios. Como apuntó Blazy en las notas del desfile: “La Alta Costura es el alma misma de Chanel. Es el fundamento y la máxima expresión de la casa”. Aun así, para su debut eligió la fantasía por encima del realismo en el montaje.
El Grand Palais se convirtió en un bosque de setas gigantes sobre una alfombra rosa pálido, con la banda sonora de La Bella Durmiente de Walt Disney al inicio y un cierre inesperado con “Wonderwall” de Oasis. Quien esperara vestidos de princesa se encontró con algo más contenido.
Los primeros looks fueron discretos, pero la colección cumplió con el verdadero propósito de la Alta Costura: mostrar la capacidad extraordinaria de un atelier que convierte tejidos delicados en obras maestras casi silenciosas. La apertura llegó con una reinterpretación en gasa nude del traje clásico de tweed de Chanel, con capas transparentes apenas sujetas por cadenas finas y perlas.
Ese gesto quitó parte de los signos más conocidos e introdujo detalles muy propios de Blazy. Hubo tank tops y vaqueros en organza con efecto trompe-l’œil, un guiño a su etapa en Bottega Veneta, y también flecos y plumas, combinando virtuosismo técnico con una elegancia juguetona.
En una época dominada por la reacción inmediata en redes, donde un desfile puede ser tachado de “aburrido” en cuestión de minutos, la sutileza se pierde con facilidad. La Alta Costura no necesita arrasar ni deslumbrar para justificar su lugar: muchas veces su fuerza está en la complejidad silenciosa, en la precisión y en innovaciones que solo aparecen cuando se mira con calma, una y otra vez. En 2026, esas cualidades siguen siendo centrales.