Más de la mitad de los españoles se marca perder peso como meta

Mujer con obesidad

Tras semanas de celebraciones, comidas copiosas y menos movimiento, el arranque de 2026 vuelve a activar el mismo impulso: perder peso “rápido”, “ponerse en forma” y hacer cambios drásticos en la dieta para verse mejor cuanto antes. El mensaje suena familiar y se repite en redes, en conversaciones y hasta en el entorno laboral.

El foco en la báscula se ha vuelto tan habitual que más de la mitad de la población en España admite que adelgazar está entre sus prioridades, según el International Health Study de Cigna Healthcare. El dato retrata una realidad clara: el control del peso se ha integrado en la forma de entender la salud y el autocuidado.

Pero esa normalización tiene un reverso que no conviene pasar por alto. El Ministerio de Sanidad advierte de que conductas que parecen “cotidianas”, como intercambiar trucos de dietas, eliminar grupos de alimentos o seguir pautas sin respaldo profesional, pueden terminar en desequilibrios nutricionales y afectar a la salud física, al bienestar psicológico y a la vida social.

  1. Propósitos de 2026: cuando la báscula marca la agenda
  2. Lo que advierte Sanidad: riesgos de dietas sin control
  3. TCA en el radar: cifras de la OMS y por qué preocupa
  4. El impacto en el organismo, según Daniela Silva
  5. Señales tempranas que no conviene ignorar, según Cigna Healthcare

Propósitos de 2026: cuando la báscula marca la agenda

El inicio de año suele disparar promesas intensas: recortes de calorías, “detox” exprés, listas de alimentos prohibidos y rutinas de ejercicio sin descanso. En muchos casos, el objetivo no es solo salud, sino imagen. Y esa mezcla empuja a tomar decisiones rápidas, con poca reflexión y mucha presión.

Cuando el peso se convierte en tema central, la conversación sobre bienestar cambia de tono: se mide el valor personal en kilos, se premia la restricción y se normaliza el control constante. Ese contexto, cada vez más extendido, deja menos espacio para hábitos sostenibles y más terreno para la culpa y la ansiedad.

Lo que advierte Sanidad: riesgos de dietas sin control

El Ministerio de Sanidad señala que prácticas presentadas como inocentes pueden escalar. Compartir dietas de moda, saltarse comidas, recortar nutrientes o seguir pautas vistas en internet, sin evaluación profesional, puede acabar pasando factura.

El problema no se limita a “comer menos”. La restricción mantenida puede abrir la puerta a carencias nutricionales, cambios de ánimo y deterioro del entorno social. Además, la obsesión por hacerlo “perfecto” suele aumentar la rigidez, lo que dificulta frenar a tiempo cuando aparecen señales de alarma.

TCA en el radar: cifras de la OMS y por qué preocupa

En este escenario, los trastornos de la conducta alimentaria (TCA) ganan peso como preocupación sanitaria. La Organización Mundial de la Salud los incluye entre las prioridades de salud mental, con especial atención en niños y adolescentes, donde la prevención marca la diferencia.

La OMS estima que alrededor del 5% de la población mundial presenta algún TCA, aunque muchos casos no se detectan. Este subregistro refuerza la urgencia de actuar pronto, ya que conductas como el conteo constante de calorías o la obsesión por controlar el peso pueden funcionar como factores de riesgo en determinadas personas, aunque no siempre terminen en un diagnóstico.

El impacto en el organismo, según Daniela Silva

El alcance de un TCA va más allá de la comida. Así lo subraya Daniela Silva, especialista en Medicina Interna y E-Health Medical Manager de Cigna Healthcare España, al alertar de efectos que pueden afectar a distintos sistemas del cuerpo.

"los trastornos de la conducta alimentaria no afectan solo a la relación con la comida, sino que pueden tener otra serie de implicaciones en el organismo. . Los efectos de un TCA dependerán del tipo de trastorno y de la duración del mismo, pero en líneas generales se observan efectos en la regulación hormonal, el metabolismo energético y la masa muscular, provocando fatiga persistente, alteraciones del descanso y cambios en el apetito entre otros. A largo plazo, estos desequilibrios pueden generar déficits nutricionales severos, tener impacto en el sistema cardiovascular y aumentar el riesgo múltiples patologías que pueden complicarse si no se detectan y abordan a tiempo".

La idea clave es directa: cuanto antes se detecten los cambios, más opciones existen para frenar complicaciones. Ignorar los síntomas o minimizarlos puede alargar el problema y hacer que el impacto físico y emocional sea mayor.

Señales tempranas que no conviene ignorar, según Cigna Healthcare

Para reforzar la prevención y acelerar la detección, los expertos de Cigna Healthcare señalan señales iniciales que pueden apuntar al inicio de un TCA. Identificarlas pronto puede ser decisivo, sobre todo si el malestar ya está afectando al día a día.

No se trata de “una manía pasajera”. Cuando varias de estas señales aparecen a la vez, se repiten y van a más, el riesgo aumenta. La recomendación práctica pasa por pedir ayuda profesional y evitar soluciones extremas que refuercen el problema.

  • La comida ocupa el centro de todo. Si los pensamientos giran sin parar en torno a qué, cómo o cuánto se come, puede aparecer ansiedad, irritabilidad y un cansancio mental constante. Esta hiperfocalización puede alterar el sueño, reducir la concentración y tensar la relación con la alimentación.
  • El cuerpo empieza a dar avisos físicos. Fatiga persistente, debilidad muscular, sensación continua de frío, sequedad bucal, mareos o cambios en el descanso pueden señalar un desequilibrio nutricional. A nivel metabólico, suele indicar falta de energía o de nutrientes esenciales para funcionar con normalidad.
  • El estado de ánimo cambia sin una causa clara. Apatía, tristeza, irritabilidad, altibajos marcados o tendencia a mentir y ocultar conductas relacionadas con la comida pueden reflejar un malestar psicológico importante. En algunos casos, también aparece aislamiento social y pérdida de interés por actividades que antes resultaban agradables.
  • La vida social se encoge. Evitar comidas con otras personas, reducir planes, sentirse incómodo en situaciones donde hay comida o anteponer el control del peso a compromisos familiares son señales relevantes. Si se mantienen, pueden deteriorar la calidad de vida y el bienestar emocional.
  • Distorsión de la imagen corporal y necesidad de “arreglar” el cuerpo. Cuando la percepción del propio cuerpo se vuelve cada vez más negativa, puede crecer la insatisfacción y la presión por cambiarlo. A menudo se combina restricción alimentaria con aumento del ejercicio para “compensar”, lo que eleva el riesgo de lesiones, fatiga crónica y alteraciones hormonales, además de reforzar una exigencia constante.

En un contexto donde adelgazar se presenta como objetivo universal, la prevención necesita mensajes claros: la salud no se mide solo en kilos. Ante dudas o señales persistentes, conviene buscar orientación sanitaria y nutricional con respaldo profesional, especialmente en menores y adolescentes.

El enfoque más seguro pasa por priorizar hábitos realistas, flexibles y mantenibles. La detección temprana y el acompañamiento adecuado pueden evitar que una preocupación común por el peso evolucione hacia un problema de salud más complejo.