Una pareja de Virginia celebra la boda soñada tras 70 años de matrimonio
Setenta años después de fugarse para casarse sin ceremonia, una pareja de Virginia ha decidido dar el paso que siempre quedó pendiente. El resultado ha sido una boda tardía, sí, pero cargada de emoción y de simbolismo.
Harold Pugh, con 91 años, y Frances Pugh, con 90, han llegado al inicio de su novena década de vida con una idea clara: renovar sus votos y vivir, por fin, la celebración que no pudieron tener en su día.
La escena ha dejado una estampa difícil de olvidar: pasillo, familiares cerca, detalles clásicos y una promesa repetida con la misma fuerza. Conviene seguir leyendo, porque la historia tiene un inicio de película y un final que pone a prueba los pañuelos.
- Un amor que arrancó sobre hielo
- Hopewell y la boda que por fin llegó
- Palabras que pesan setenta años después
Un amor que arrancó sobre hielo
La historia empezó pronto. Muy pronto. Harold Pugh y Frances Pugh se enamoraron en una pista de patinaje cuando ambos estaban al comienzo de su segunda década de vida.
Con el tiempo, ese flechazo se convirtió en una vida compartida. Y ahora, ya con 91 y 90 años, los dos han querido reafirmar el vínculo ante los suyos con una ceremonia que no existió en su momento.
Frances lo resumió sin rodeos ante WTVR News: «Después de todos estos años, todavía le quiero, le valoro, le agradezco todo lo que ha hecho por mí a lo largo de estos años».
La frase, sencilla y directa, encaja con una relación que ha atravesado décadas. Y pone contexto a lo que vino después: una decisión tomada a conciencia, con el tiempo como testigo.
Hopewell y la boda que por fin llegó
La cita se celebró en Hopewell, en Virginia, y no fue un día cualquiera. La ocasión marcaba el 70.º aniversario de boda de la pareja, un aniversario que muchos no llegan ni a imaginar.
Porque aquel enlace original fue mucho más discreto. Se casaron en los años 50, en un registro del condado o en algún sitio así, quizá en vaqueros, con bolígrafos en la mano. Sin gran ceremonia. Sin pasillo. Sin el ritual clásico.
Esta vez, la pareja quiso cambiar eso. Tras recorrer juntos una distancia que pocos en Estados Unidos igualarán, decidieron hacer algo especial y vivir, por fin, la experiencia completa: una niña de las flores, un pasillo y los símbolos típicos, como algo prestado y azul.
La sala se llenó de familiares y amigos cercanos. No era un evento masivo, pero sí uno de esos momentos que se quedan. Cada presencia sumaba años de historia compartida y de afecto acumulado.
Palabras que pesan setenta años después
Quien ofició la ceremonia habló de una vida vivida sin freno, y lo hizo con una frase que tocó a todos: «Viajando, montándose en montañas rusas con más de 90 años, organizando estudios bíblicos en casa, se ve en ustedes una pareja bendecida por Dios con años de vida y con la sabiduría de aprovechar cada oportunidad para vivir».
El ambiente fue de emoción contenida y lágrimas a la vista. Entre los asistentes, algunos destacaron que siempre ponían a los demás antes que a sí mismos. Otros optaron por resumirlo ante las cámaras con una sola palabra: «inspiradora».
Y llegó el instante clave. Cuando se formuló la promesa —«para tener y para mantener, en la enfermedad y en la salud...»—, no hubo dudas ni titubeos.
La respuesta sonó tan nítida como los pendientes de Frances: «sí, quiero». Un “sí” repetido 70 años después, pero con el mismo sentido. Y con todo el peso de una vida entera detrás.