Autismo: afecta igual a chicos y chicas, pero a ellos se les detecta antes

Un análisis con datos de 2,7 millones de personas cuestiona que la prevalencia sea mayor en varones

Un nuevo dato está dando la vuelta a una idea muy asentada: la diferencia entre hombres y mujeres con autismo podría ser mucho menor de lo que se ha repetido durante años. Y el cambio no llega por una muestra pequeña, sino por un análisis gigantesco publicado este jueves en la revista médica BMJ.

En la primera infancia, antes de los 10 años, el estudio sitúa la ratio en 3:1 a favor de los niños (cuando hace no tanto se aceptaba como estándar un 4:1). Pero la distancia se acorta con rapidez a medida que pasan los años.

El punto de inflexión aparece al llegar a los 20: la proporción de diagnósticos prácticamente se iguala. Los autores lo resumen así: “La proporción de hombres y mujeres con autismo ha disminuido con el tiempo y con el aumento de la edad de diagnóstico”. Y van más allá: “Esta proporción podría ser sustancialmente menor de lo que se creía, hasta el punto de que ya no se pueda distinguir en la edad adulta”.

  1. Un estudio masivo en Suecia que reordena las cifras
  2. El diagnóstico llega a distinto ritmo según el sexo
  3. Lo que muestran los datos del CDC y cómo ha cambiado la brecha
  4. Sesgos, camuflaje y un trastorno sin prueba médica
  5. De Leo Kanner al concepto actual de espectro
  6. Por qué importa detectarlo a tiempo

Un estudio masivo en Suecia que reordena las cifras

La investigación analizó a más de 2,7 millones de personas nacidas en Suecia entre 1985 y 2020. El seguimiento se realizó desde el nacimiento hasta una edad máxima de 37 años, un recorrido lo bastante largo como para captar diagnósticos que llegan tarde.

Dentro de esa cohorte, más de 78.000 personas recibieron un diagnóstico de trastornos del espectro autista (TEA). El patrón general es claro: la detección aumenta con el paso de la infancia y termina reduciendo la brecha entre sexos conforme sube la edad de diagnóstico.

El diagnóstico llega a distinto ritmo según el sexo

El estudio describe picos de diagnóstico diferenciados. En los varones, el máximo aparece entre los 10 y 14 años. En las mujeres, el tramo con más diagnósticos se desplaza hacia los 15 a 19. Ese desfase temporal acaba pesando en la foto final.

La gran pregunta sigue abierta: por qué las mujeres reciben el diagnóstico más tarde. Los autores no resuelven ese interrogante, un tema que lleva años sobre la mesa entre especialistas y que condiciona cómo se interpretan las ratios en cada etapa vital.

Sobre la solidez del trabajo, Jorge Aguado, psicólogo clínico en el Hospital Clínic e investigador de la Universidad de Barcelona, lo resume en el portal científico SMC con esta valoración: “El estudio se apoya en una base sólida, tanto por la trayectoria de los equipos que lo firman como por la calidad del sistema de registros sueco”.

También marca límites importantes: “Sus conclusiones solo pueden considerarse plenamente generalizables a la población sueca, que se basa en diagnósticos registrados (casos pasivos), lo que refleja, sobre todo, patrones de detección más que prevalencia verdadera; y que no incorpora comorbilidades que podrían influir en la edad del diagnóstico”. Aun así, el balance que traslada es positivo y en línea con la evidencia más reciente.

Lo que muestran los datos del CDC y cómo ha cambiado la brecha

La reducción de la distancia entre niños y niñas no se ve solo en Suecia. En Estados Unidos, el Centro para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC) ha ido publicando cifras que apuntan en la misma dirección: en 2012 estimó que los niños tenían 4,7 veces más probabilidades que las niñas de recibir un diagnóstico.

Con el tiempo, el indicador ha bajado. En 2018 pasó a 4,2 a 1. En 2023, a 3,8 a 1. Y los datos más recientes publicados, en 2025, señalan que los niños tendrían 3,4 veces más probabilidades de ser diagnosticados. La brecha, por tanto, no deja de estrecharse.

En paralelo, una revisión de docenas de estudios realizada por la Academia Americana de Psiquiatría Infantil incorporó una estimación británica: la proporción real entre sexos estaría más cerca de 3 a 1. Ese cálculo encaja con lo observado en la primera infancia por el estudio sueco.

En esa revisión se apuntó una explicación clave para el infradiagnóstico femenino: un sesgo de género en criterios de detección de TEA, construidos históricamente a partir de muestras dominadas por varones. Si el patrón de referencia nace sesgado, el filtro también lo está.

Sesgos, camuflaje y un trastorno sin prueba médica

Otro factor que puede ensanchar la diferencia durante la infancia es el camuflaje. Algunas niñas con cuadros más leves aprenden a enmascarar señales, por ejemplo afinando la comunicación no verbal para encajar en entornos sociales. Ese esfuerzo puede retrasar la sospecha clínica y, por extensión, el diagnóstico.

Los roles de género ayudan a entenderlo: se espera que las niñas sonrían más, que cuiden, que resulten sociables y menos violentas. Esa presión educativa también alcanza a niñas dentro del espectro, lo que puede facilitar herramientas para disimular dificultades y pasar desapercibidas.

El TEA es un trastorno del neurodesarrollo que se investiga intensamente desde mediados del siglo XX. Se estima que afecta aproximadamente a uno de cada 100 niños en edad escolar. La evidencia lo vincula de forma estrecha con la genética, pero el diagnóstico no se apoya en una analítica o un marcador simple.

La evaluación es, sobre todo, observacional. No existe un test médico que confirme el autismo como ocurre con la celiaquía o el síndrome de Down. Al depender de la interpretación clínica de conductas y contextos, el trastorno puede pasar oculto, especialmente cuando no es grave.

De Leo Kanner al concepto actual de espectro

El primer estudio sobre autismo se publicó en 1943. Leo Kanner, psiquiatra de la Universidad Johns Hopkins, describió a 11 niños —ocho varones y tres niñas— con “un fuerte deseo de soledad y uniformidad”. En aquel momento se presentó como una entidad única y compacta.

Con décadas de investigación, el enfoque cambió: hoy se entiende como un espectro con grados y necesidades muy distintos. En un extremo están los autistas profundos, con grandes dificultades para una vida independiente. En el otro, personas con TEA más leve que pueden desarrollar una vida cotidiana funcional.

Este giro conceptual también afecta a la detección. Cuando se amplía la mirada para incluir presentaciones más sutiles, aparecen perfiles que antes quedaban fuera. Y ahí vuelve a entrar en juego el sesgo: si los modelos iniciales se construyeron sobre varones, el radar puede fallar más en mujeres.

Por eso, resultados como los de Suecia no solo aportan cifras: señalan cómo está cambiando el mapa diagnóstico con el tiempo y con la edad, y obligan a revisar ideas que parecían cerradas.

Por qué importa detectarlo a tiempo

Detectar el TEA no es un detalle administrativo. Cuando una persona está dentro del espectro y no cuenta con diagnóstico, puede arrastrar incomprensión social y también personal. Sin una explicación, muchas experiencias se viven como un problema sin nombre.

Ese vacío ayuda a entender por qué un diagnóstico en la edad adulta suele convivir con problemas de salud mental: durante años se intenta encajar sin herramientas ni contexto. Estudios como el publicado en BMJ empujan a afinar la detección y a entender mejor un trastorno del neurodesarrollo que todavía no se comprende del todo, al tiempo que muestran que algo está cambiando, al menos en cómo se identifica.