Ensayan un 'interruptor' de terapia genética para aliviar el dolor sin adicción

Foto de un cerebro. Vía: twitter

El nuevo planteamiento se orienta a intervenir sólo sobre las señales de dolor, sin modificar el resto de la actividad.

Una investigación preclínica ha identificado una posible terapia genética que actúa sobre centros del dolor en el cerebro y, al mismo tiempo, busca evitar el riesgo de adicción asociado a tratamientos narcóticos. El avance se presenta como una vía de estudio para personas que conviven con dolor crónico.

El dolor crónico puede compararse con una radio a volumen muy alto: aunque se intenten distintas soluciones, el ruido persiste. Los opioides, como la morfina, pueden bajar ese “volumen”, pero también influyen en otras áreas del cerebro, lo que se asocia a efectos secundarios peligrosos y, en algunos casos, a adicción.

Según el trabajo realizado por equipos de la Facultad de Medicina y la Facultad de Enfermería Perelman de la Universidad de Pensilvania (Estados Unidos), junto con colaboradores de la Universidad Carnegie Mellon y la Universidad de Stanford, y publicado en la revista 'Nature', la terapia propuesta funcionaría como un control que reduce únicamente la “estación” del dolor, dejando intacto lo demás.

  1. Terapia genética dirigida al dolor en el cerebro
  2. Cómo se identificó la diana y se modeló el dolor
  3. Aliviar el dolor sin generar otro problema
  4. Siguiente fase como puente hacia futuros ensayos clínicos

Terapia genética dirigida al dolor en el cerebro

El objetivo del enfoque es reducir el dolor manteniendo a la vez un perfil de seguridad que limite o elimine el potencial de adicción y otros efectos adversos vinculados a narcóticos. En este marco, el estudio se centra en circuitos cerebrales concretos relacionados con el procesamiento del dolor.

"El objetivo era reducir el dolor y, al mismo tiempo, disminuir o eliminar el riesgo de adicción y los efectos secundarios peligrosos --explica el doctor Gregory Corder, coautor principal y profesor adjunto de Psiquiatría y Neurociencia en Penn--. Al actuar sobre los circuitos cerebrales precisos sobre los que actúa la morfina, creemos que este es un primer paso para ofrecer un nuevo alivio a las personas cuyas vidas se ven trastocadas por el dolor crónico".

La morfina se describe como un narcótico derivado del opio con elevado potencial de abuso. En pacientes, su consumo puede conducir a tolerancia, lo que se traduce en la necesidad de dosis cada vez mayores para obtener la misma reducción del dolor.

La propuesta terapéutica busca replicar los efectos analgésicos beneficiosos, evitando activar mecanismos que se asocian a la adicción. El planteamiento se formula como una intervención enfocada en el dolor, sin alterar la sensibilidad normal.

Cómo se identificó la diana y se modeló el dolor

Para avanzar en la comprensión de cómo se produce el alivio del sufrimiento con morfina, el equipo utilizó técnicas de observación de células cerebrales vinculadas al dolor. A partir de esa base, se planteó una estrategia para diseñar una intervención más específica.

El estudio describe un proceso que combina lectura biológica de señales con medición conductual, con el fin de estimar niveles de dolor y la cantidad de tratamiento necesaria para mitigarlo. Este enfoque sirve como guía para orientar la intervención hacia dianas concretas.

Imágenes celulares como rastreadores del dolor

La investigación incorporó imágenes de células cerebrales que actúan como rastreadores del dolor. Con ese recurso, se obtuvieron nuevos elementos sobre el modo en que la morfina contribuye a aliviar el sufrimiento.

Esos hallazgos se presentan como el punto de partida para delimitar con mayor precisión qué zonas y circuitos están implicados. La finalidad es disponer de un “mapa” funcional que permita orientar la intervención sin extender sus efectos a regiones no relacionadas con el dolor.

Plataforma con inteligencia artificial para medir niveles de dolor

Tras la fase de observación, se construyó una plataforma de comportamiento en un modelo de ratón impulsada por inteligencia artificial. Esta plataforma realiza seguimiento de comportamientos naturales y traduce esas señales a una lectura de niveles de dolor.

El sistema también ayuda a estimar cuánto tratamiento sería necesario para aliviar el dolor. En el estudio, esa lectura se emplea como una referencia para vincular medición conductual y diseño de una intervención dirigida.

Un “interruptor de desactivación” específico para el dolor cerebral

Con la lectura generada como guía, se describe el diseño de una terapia génica dirigida que imita los efectos beneficiosos de la morfina, pero evita los efectos adictivos. El enfoque se formula como un “interruptor de desactivación” centrado en el dolor cerebral.

Según lo detallado, al activarse ese interruptor se obtendría un alivio duradero del dolor sin afectar la sensibilidad normal ni activar vías de recompensa que pueden favorecer la adicción. El planteamiento se presenta como una intervención de precisión sobre circuitos concretos.

"Hasta donde sabemos, esto representa la primera terapia génica del mundo dirigida al sistema nervioso central para el dolor y un modelo concreto para una medicina del dolor no adictiva y específica para cada circuito", resalta Corder.

El trabajo se enmarca en un contexto de búsqueda de alternativas para el dolor crónico que no dependan de narcóticos con riesgos conocidos. La línea descrita se mantiene en fase preclínica, con necesidad de comprobaciones adicionales.

Aliviar el dolor sin generar otro problema

Los resultados se presentan como la culminación de más de seis años de investigación, impulsada por un Premio Nuevo Innovador de los Institutos Nacionales de Salud. Ese apoyo permitió estudiar mecanismos del dolor crónico y explorar enfoques más específicos.

El estudio sitúa el avance en un contexto sanitario marcado por el impacto de los opioides. En 2019, se atribuyeron 600.000 muertes al consumo de drogas, y el 80 % se relacionó con opioides.

Además, se incluyen datos de percepción social: casi la mitad de los habitantes de Filadelfia que respondieron a una encuesta de Pew de 2025 declaró conocer a alguien con trastorno por consumo de opioides (TUO). Un tercio indicó conocer a alguien que había fallecido por sobredosis.

En paralelo, el dolor crónico, descrito por algunos como una “epidemia silenciosa”, afectaría a aproximadamente 50 millones de estadounidenses. El texto señala un costo anual de más de 635 millones de dólares en gastos médicos directos y costos indirectos por pérdida de productividad, incluyendo ausencias laborales y reducción de la capacidad de generar ingresos.

En este escenario, los hallazgos se exponen como una posibilidad para aliviar ese dolor, o “silenciar el ruido”, en determinados casos. No obstante, se subraya que la confirmación requiere pruebas adicionales y ensayos clínicos.

La propuesta mantiene el foco en minimizar efectos colaterales: la meta es un alivio orientado al circuito del dolor, sin extender la acción a otras funciones cerebrales que pueden verse afectadas con opioides.

Siguiente fase como puente hacia futuros ensayos clínicos

El equipo continúa el trabajo con Michael Platt, profesor de la Universidad James S. Riepe, profesor de Neurociencia, profesor de Psicología, en la siguiente etapa. Esta fase se plantea como un puente hacia potenciales ensayos clínicos en el futuro.

La transición desde el descubrimiento hasta la implementación se describe como un proceso largo. En esa línea, el avance se define como un primer paso relevante dentro de una ruta de desarrollo más amplia.

"El camino desde el descubrimiento hasta la implementación es largo, y este representa un primer paso importante --afirma Platt--. Como científico y familiar de personas afectadas por dolor crónico, el potencial de aliviar el sufrimiento sin agravar la crisis de opioides es emocionante".

En conjunto, el trabajo expone un enfoque de terapia genética orientado a los centros del dolor en el sistema nervioso central, con la intención de preservar funciones no relacionadas y reducir riesgos asociados a narcóticos. La información presentada se limita al ámbito preclínico y queda condicionada a validaciones posteriores.