Un vecino dona un solar al ayuntamiento para un huerto frutal comunitario
Un terreno grande y vacío puede pasar años sin llamar la atención. Eso le ocurrió a Michel Éprinchard en el oeste de Francia, cuando heredó una parcela que parecía condenada al olvido.
La zona estaba tomada por la maleza y solo quedaban recuerdos de infancia, como aquellos paseos junto a una hilera de árboles. Durante mucho tiempo, ni él ni el resto de su familia vieron razones para mover ficha.
Hasta que llegó un giro personal y una idea clara: convertir ese espacio en algo útil para todos. La propuesta fue sencilla y, a la vez, ambiciosa: donar la tierra a su municipio natal con la condición de que se transformara en un huerto frutal y un jardín comunitario.
Un terreno olvidado que se convierte en huerto
Michel Éprinchard trasladó su oferta al municipio de Clussais-la-Pommeraie, una localidad de 560 habitantes. La donación no era un “regalo sin letra pequeña”: el ayuntamiento debía comprometerse a crear un huerto con frutales y un jardín compartido.
Además, Éprinchard dejó claro desde el principio que aceptar la parcela también significaba asumir el coste del desarrollo. Según su estimación, el proyecto requería el equivalente a 12.000 dólares.
Condiciones y costes del acuerdo
El alcalde, Étienne Fouché, dio el visto bueno y el proyecto echó a andar. Las obras comenzaron el año pasado, con el objetivo de recuperar el terreno para un uso común y estable.
Las reglas del donante quedaron resumidas en dos puntos, tal como se explicó a Franceinfo. «La primera condición es crear un jardín con variedades específicas de árboles frutales, y la segunda condición, sin duda la más importante, es que toda la comunidad pueda beneficiarse de él, compartido entre todos», Éprinchard explicó al medio francés Franceinfo, según traducción.
Plantaciones, cuidados y tiempos de espera
El plan ya tiene sus primeras especies: «Hay manzanos, perales y ciruelos», explicó el señor Fouché. «Ahora los dejaremos crecer, vigilaremos las enfermedades, cuidaremos el suelo y, después, la gente vendrá a recoger sus propias manzanas o a hacer mermelada».
La parte más bonita del proceso la ha puesto el vecindario. Muchas personas del pueblo salieron a echar una mano para plantar los primeros 50 árboles. Este año se añadirán otros 50, además de un seto nuevo, parterres de flores y árboles en flor.
Para ver las primeras cosechas habrá que esperar alrededor de cuatro años. Aun así, el ambiente no es de prisas: el proyecto ya está cumpliendo una función clave, que es unir a la gente, ilusionar y devolverle vida a un espacio que llevaba demasiado tiempo sin propósito.
Otra herencia inesperada en Normandía
Esta historia trae a la memoria otro caso llamativo: el de un hombre que murió y dejó en su testamento cerca de diez millones de euros a un pueblo pequeño al que, curiosamente, nunca llegó a viajar.
El protagonista fue Roger Thiberville. Nació en Mantes-la-Jolie, en una zona vitivinícola situada a 50 kilómetros al oeste de París, y terminó siendo el último eslabón de una herencia familiar.
Roger Thiberville y un legado de diez millones
La herencia de sus padres iba a ser para su hermana, pero ella murió sin descendencia. Eso hizo que el patrimonio pasara a Roger Thiberville.
Cuando él también falleció sin heredero, el municipio normando llamado Thiberville descubrió que había sido nombrado beneficiario de esa fortuna, en forma de dotación para su uso. Thiberville, el hombre, nunca había estado en Thiberville, el pueblo, pero dejó una última petición: que sus cenizas fueran enterradas allí, con una placa en el cementerio del municipio.