Finstas, avatares y perfiles ocultos: cómo los adolescentes crean identidades digitales múltiples

Finstas avatares y perfiles privados

La adolescencia siempre se ha visto como un momento para experimentar con la identidad personal. Sin embargo, hoy en día ese proceso también sucede en el entorno digital. Los jóvenes ya no cuentan con una única imagen online, sino que ajustan cómo se presentan en función del espacio digital donde interactúan: desde perfiles públicos y privados hasta avatares que usan en videojuegos o mundos virtuales.

Para Gloria R. Ben, psicóloga especializada en Qustodio, esta transformación se debe tanto a una necesidad propia de esta etapa como a las dinámicas de las plataformas digitales, donde la exposición, la comparación con otros y la búsqueda de aceptación juegan un papel clave en la construcción de la identidad de los menores. Por ese motivo, las redes sociales se han convertido en un espacio fundamental para este desarrollo. Según el estudio anual más reciente de Qustodio, que es referente en seguridad online y bienestar digital, los adolescentes en España dedican una media de 77 minutos diarios a las redes sociales y hasta 85 minutos a Instagram, la aplicación donde este fenómeno es más evidente. Como apunta la experta, "todos mostramos facetas distintas según con quién nos relacionemos. Las redes han llevado eso un paso más allá, permitiendo una separación más evidente entre espacios".

  1. Identidades digitales diferentes para cada espacio
  2. Riesgo de desconexión con la realidad
  3. Acompañamiento familiar

Identidades digitales diferentes para cada espacio

No debería alarmar de inmediato el hecho de que los menores creen distintas identidades digitales. Para ellos, disponer de variados escenarios para expresarse es parte natural de la exploración de su personalidad y la manera en que desean conectar con los demás.

En esa línea, surgen los llamados finstas (fake Instagram), que son cuentas secundarias y privadas donde los adolescentes muestran una faceta más auténtica y cercana con un grupo reducido de amigos, en contraste con los rinstas (real Instagram), sus perfiles principales y más visibles. De forma similar, los avatares en videojuegos y universos virtuales representan espacios para experimentar sin la presión que produce la imagen física ni la exposición pública propia de las redes sociales.

Tal y como comenta Gloria R. Ben, estos ambientes pueden favorecer que los jóvenes aumenten su confianza, exploren intereses nuevos o compartan hobbies: "A veces sienten que en estos entornos reciben menos juicios y más comprensión. Lo preocupante surge cuando esa identidad alternativa deja de ser un ámbito de experimentación y se convierte en el único lugar donde sienten que pueden ser ellos mismos".

Riesgo de desconexión con la realidad

Un peligro importante en este fenómeno es que la identidad digital reconocida y valorada empiece a distanciarse demasiado de la persona real fuera de la pantalla. Gloria R. Ben advierte que la desconexión con su identidad auténtica es el problema más preocupante: "Con el tiempo desconectar por completo de quiénes son puede generarles inseguridad, frustración e incluso la sensación de que no son suficientes tal y como son".

Como consecuencia, algunos adolescentes pueden relegar su vida física y social. Desde Qustodio se señala como posibles señales de alarma el aislamiento progresivo, la pérdida de interés en actividades que antes disfrutaban, evitar encuentros con amigos o dar más importancia a la vida digital que a la diaria.

Acompañamiento familiar

Ante esta situación, los especialistas de Qustodio coinciden en que la solución no es el control estricto, sino el acercamiento para ayudar a construir una identidad digital saludable. Tener varias cuentas o perfiles no es signo de problema, sino que lo esencial es entender cómo influyen estos espacios en el bienestar de los jóvenes y fomentar la comunicación abierta sobre su uso.

Gloria R. Ben aconseja evitar respuestas basadas en enfados o prohibiciones ante el descubrimiento de estas cuentas, ya que suelen hacer que los adolescentes oculten todavía más sus actividades online. En cambio, recomienda usar estas ocasiones para hablar de privacidad, confianza y seguridad digital, dejando claro que los menores pueden confiar en sus familias frente a cualquier dificultad. "La educación digital debería empezar mucho antes de que tengas redes sociales, para ser conscientes de que todo lo que compartimos deja huella y no hace falta mostrarlo todo para sentirse aceptado", concluye.