Nuevo análisis de fósiles de T-rex revisa cuánto vivió realmente
El dinosaurio más famoso del cine y la televisión vuelve a colocarse en el foco. El Tyrannosaurus rex, el mítico T-Rex, todavía guarda pistas nuevas sobre cómo crecía y cuándo llegaba a ser realmente adulto.
Un equipo de tres investigadores estadounidenses acaba de apretar el zoom sobre su desarrollo. La novedad es potente: la madurez completa no llegaba pronto, sino tras décadas de crecimiento sostenido.
El hallazgo cambia una idea muy extendida y obliga a mirar los fósiles con otros ojos. El mensaje es claro: la “adolescencia” del T-Rex pudo ser mucho más larga de lo que se pensaba.
- T-Rex: una madurez más lenta de lo que se creía
- Anillos de crecimiento ocultos y luz polarizada
- Curva de crecimiento, modelos informáticos y años clave
- Jane, Petey y la sombra del Nanotyrannus
T-Rex: una madurez más lenta de lo que se creía
El trabajo científico, publicado como estudio en la revista la revista PeerJ, sostiene que el T-Rex no alcanzaba su tamaño adulto completo hasta alrededor de los 40 años. La clave está en que el crecimiento habría sido gradual y constante durante décadas, sin un frenazo repentino temprano.
La lectura inmediata es impactante: el ejemplar más viejo, con alta probabilidad, vivió mucho más allá de los 40 años. En ese tramo, el animal habría pasado por una etapa prolongada de “subadulto”, ganando tamaño y fuerza lentamente hasta entrar en una especie de mediana edad.
Hasta ahora, el consenso iba por otro carril. Muchos especialistas defendían que el Tyrannosaurus dejaba de crecer a los 25 años, apoyándose en recuentos anteriores de anillos de crecimiento óseo que apuntaban a una ruta más rápida hacia la madurez.
Este nuevo enfoque no cambia el icono: cambia el calendario. Y cuando cambia el calendario, cambian también las preguntas sobre su comportamiento, su papel en el ecosistema y su manera de dominar el final del Período Cretácico.
Anillos de crecimiento ocultos y luz polarizada
La técnica parte de un gesto quirúrgico: cortar huesos fosilizados de las patas y analizarlos para detectar anillos de crecimiento ocultos. Es un patrón comparable al de los árboles, porque esas marcas registran desaceleraciones anuales en el crecimiento.
En el interior de los huesos, cada anillo descubierto se interpretó como un año de vida. El estudio describe líneas continuas cuando el crecimiento se detenía por completo y bandas difusas cuando el ritmo solo bajaba, pero no se apagaba del todo.
Para que esos detalles aparecieran con nitidez, las rodajas de fósiles se pulieron hasta quedar casi transparentes. Después se observaron con un microscopio que usa luz polarizada, un sistema que hace que los rasgos escondidos en los fósiles destaquen más.
La diferencia es crucial: con un microscopio convencional, los anillos suelen ser muy difíciles o incluso imposibles de distinguir. Con filtros especiales, emergen colores más vivos y contrastes más marcados, y cada anillo queda mucho mejor delimitado.
Curva de crecimiento, modelos informáticos y años clave
El equipo combinó el conteo de marcas con modelos informáticos avanzados. El objetivo fue construir una curva de crecimiento más precisa, capaz de integrar variaciones y señales extra que podrían venir de episodios extremos, como la escasez de alimentos o el estrés ambiental.
En la práctica, se contaron todas las marcas visibles, también las líneas extremadamente cercanas entre sí que se atribuyen al estrés. Con ese material, se diseñaron cuatro métodos distintos de conteo y luego se probaron con modelización para ver cuál ofrecía una imagen más coherente de la vida útil del animal.
El matemático Nathan Myhrvold, del Centro de Ciencias de la Salud de la Universidad Estatal de Oklahoma, lo resume con esta advertencia literal: "Interpretar múltiples marcas de crecimiento muy próximas entre sí es complicado. Encontramos evidencia sólida de que los protocolos que se utilizan habitualmente en los estudios de crecimiento podrían necesitar ser revisados".
El método considerado más fiable dibuja un T-Rex más paciente. Según ese resultado, el crecimiento era más lento de lo defendido por trabajos anteriores y el tamaño máximo llegaba entre 35 y 40 años, en vez de cerrarse alrededor de los 20.
Dentro de ese recorrido largo, aparece un pico claro: entre los 14 y los 29 años, durante el tramo de crecimiento más rápido, estos depredadores podrían sumar entre 362 y 544 kilogramos por año.
A partir de ahí, el ritmo se estiraría en el tiempo. Tras ese impulso adolescente, el estudio sitúa una etapa extensa de “subadulto” en la que el animal seguiría aumentando poco a poco durante otros 10 a 15 años antes de consolidarse como adulto.
Jane, Petey y la sombra del Nanotyrannus
La base fósil procede de 17 especímenes de tiranosaurios, reunidos principalmente en museos de Montana y Dakota del Norte. Dentro del grupo destacan dos nombres propios muy conocidos: los ejemplares apodados 'Jane' y 'Petey', que mostraron patrones de crecimiento fuera de lo habitual.
El coautor Jack Horner, de la Universidad Chapman en California, deja esta frase exacta sobre el impacto ecológico: "Una fase de crecimiento de cuatro décadas puede haber permitido a los Tyrannosaurus más jóvenes cumplir una variedad de roles ecológicos dentro de sus entornos".
En esa línea, Horner plantea que el avance lento hacia la madurez habría facilitado que los T-Rex jóvenes cazaran presas más pequeñas. Esa transición escalonada podría haber sido una ventaja para terminar imponiéndose como depredadores dominantes al final del Período Cretácico.
Aun así, el propio equipo marca un matiz importante: los fósiles analizados incluían materiales del complejo más amplio "de especies del Tyrannosaurus rex". Esa mezcla podría implicar más de una especie o subespecie, algo capaz de alterar la nueva línea temporal de crecimiento.
Y hay un detalle que enciende el debate: los fósiles más pequeños de Jane y Petey no encajaban con el resto del conjunto. Esa divergencia sugiere que quizá pertenecieran a otra especie, como el propuesto Nanotyrannus.