La Superliga: un proyecto precipitado ideado para salvar a unos pocos

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La Superliga ha desencadenado en el mundo del deporte rey un temblor en el panorama que ha encontrado sus réplicas más inmediatas en los aficionados, instituciones, Ejecutivos nacionales y los propios jugadores. No es para menos, por un momento pareció que el fútbol tal y como lo conocemos estaba a punto de cambiar para siempre, quien sabe si a mejor o a peor. 

El faraónico proyecto concebido por doce de los clubes europeos más importantes encabezado por Florentino Pérez inició su breve trayecto en el panorama futbolístico con más incógnitas que conclusiones. Las amenazas de la UEFA, de la mano de su escrupuloso presidente, Aleksander Ceferin, no hacía más que alimentar el ambiente de confusión sobre qué le pasaría a los clubes que formasen parte de la Superliga. 

Por lo pronto, las múltiples reacciones en contra de la nueva competición, provenientes de todos los ámbitos relacionados, y no tan relacionados, con el mundo del deporte, desde clubes ajenos al torneo hasta Gobiernos nacionales, pasando por aficionados de todas las clases e incluso futbolistas que militan en las plantillas del 'G12', dejaban en claro que el nacimiento de la Superliga no iba a resultar tan sencillo, o por lo menos tan inmediato como sus ideólogos pensaron. 

Un mayor control de los ingresos por derechos televisivos pasa por ser el organizador y propietario de la competición, debieron pensar los dirigentes de los clubes fundadores, sin reflexionar las consecuencias que este arriesgado movimiento iba a tener en el universo fútbol. La idea de formar un campeonato de 20 equipos en los que quince tienen su plaza asegurada más allá de sus méritos deportivos suena extravagante en los oídos del aficionado medio. Es normal, esa fórmula supone suprimir una de las claves del fútbol actual: la meritocracia y la competitividad, que sí se ven aseguradas con el sistema de competición vigente. 

La creación de la nueva liga puede llegar a resultar entendible si se tiene en cuenta la coyuntura económica del presente. Los clubes (grandes, pequeños y medianos) se sienten asfixiados, y ven que por culpa de las restricciones del Covid-19, los ingresos que llegan a sus arcas son únicamente los que proceden de la televisión. Disfrutar cada semana de partidos emocionantes entre los clubes más top de Europa podría ser la solución del problema, sin embargo, la solución para unos pocos. Florentino Pérez decía en El Chiringuito que hacen esto para salvar el fútbol, pero no concibo como este proyecto puede ayudar a los clubes externos a la Superliga. 

No seré yo quien ponga piedras a las personas que tratan de crear algo nuevo, que opinan que el sistema actual está obsoleto, es antiguo y que la sociedad requiere de ideas innovadoras para evolucionar y adaptarse a los tiempos. Cabe recordar que un ex presidente del Real Madrid, como Santiago Bernabéu, fue una figura trascendental en la creación de la antigua Copa de Europa, que acabó derivando en nuestra tan amada Champions League actual, que también contó con numerosos detractores por considerarla una conepción irrealizable. La Superliga es un proyecto valiente, y a priori puede resultar hasta atractiva, pero no deja de parecerme una decisión demasiado unilateral para la inmensa importancia que tiene para el devenir del fútbol europeo.  

El principal fallo de la Superliga, y la razón de su breve existencia, es que parece que se ha tratado de edificar con demasiada precipitación, sin escuchar las numerosas voces que conforman un negocio tan multitudinario como es el fútbol, sin entrar en consenso si quiera con las instituciones que manejan los hilos de este deporte, sin prestar atención a las consecuencias que podría tener en los equipos más modestos, sin atender a la pasión de los aficionados.