Beber agua sin sed: qué efectos tiene y cuándo conviene evitarlo

La sed es un aviso fiable de falta de hidratación, pero no conviene esperar siempre a notarla: en algunas situaciones, beber antes puede ser clave

La sed no es un simple “antojo” del cuerpo. Es una señal calculada al milímetro para sostener el equilibrio de líquidos y evitar sustos. Cuando aparece, conviene escucharla.

Según Guillermo Gómez, nutricionista deportivo de la Clínica Cemtro, funciona como un aviso interno de alta precisión: “Es como una especie de alarma. Nuestro cerebro la activa cuando detecta que la sangre está más concentrada de lo normal porque hay poco líquido en el organismo”.

Esa alerta se activa gracias a sensores situados en el cerebro y en los vasos sanguíneos, capaces de medir cambios en el volumen y la concentración de los fluidos corporales. En paralelo, el trabajo de los riñones resulta decisivo: “Los riñones regulan la cantidad de orina que se elimina para evitar que el cuerpo pierda más líquidos de los necesarios”, añade.

  1. Beber sin sed: cuándo puede ser un problema
  2. El mito de los dos litros: cuánta agua necesita cada persona

Beber sin sed: cuándo puede ser un problema

En condiciones normales y en personas sanas, beber agua aunque no haya sed suele ser seguro. Pero aquí llega el matiz que muchos pasan por alto: existe el riesgo de sobrehidratación. El punto crítico está en la velocidad y la cantidad.

El propio Gómez lo resume así: “El problema aparece cuando se consumen cantidades muy elevadas de agua en muy poco tiempo”, explica. Cuando eso ocurre, puede desencadenarse una hiponatremia, una caída excesiva del sodio en sangre.

Este desequilibrio no es teoría. El nutricionista lo sitúa en un escenario muy concreto: “es algo que vemos con cierta frecuencia en deportistas que participan en maratones o pruebas de larga distancia, sobre todo con mucho calor o humedad”. El patrón se repite: se bebe mucho, se suda mucho y no se reponen bien las sales minerales.

La señal de alarma puede subir de nivel rápido. Entre los síntomas, el experto destaca los siguientes:

  • Dolores de cabeza muy intensos.
  • Náuseas.
  • Vómitos.
  • En casos extremos, convulsiones.

Para la mayoría, la sed sigue siendo una guía útil. Aun así, hay momentos en los que esperar a tener sed puede quedarse corto. Gómez lanza una recomendación clara para quienes entrenan fuerte: “Los deportistas que realizan ejercicio intenso y prolongado, especialmente en ambientes calurosos o húmedos, deberían hidratarse de forma planificada”, recomienda Gómez.

El foco también debe ponerse en la población mayor. El especialista avisa: “Con la edad, la sensación de sed puede verse alterada, y en verano esto supone un riesgo añadido”. En ese contexto, beber líquidos de manera regular, aunque no aparezca la sed, puede marcar la diferencia.

La vigilancia debe aumentar también en niños pequeños, sobre todo si hay fiebre, diarrea o vómitos. Y lo mismo ocurre durante el embarazo y la lactancia, etapas con necesidades hídricas más altas.

El mito de los dos litros: cuánta agua necesita cada persona

La cifra de los dos litros diarios se repite como un mantra, pero no encaja igual en todo el mundo. Gómez lo deja claro: “Es solo una orientación”, matiza el experto. El consumo real puede variar mucho.

La alimentación también cuenta, y bastante. El nutricionista lo recuerda con una idea sencilla: “Si se consumen suficientes frutas y verduras, ya se está ingiriendo una cantidad importante de líquidos a través de la alimentación”. Por eso, no todo depende del vaso de agua.

La clave está en ajustar la hidratación al día a día. Para Gómez, conviene mirar el contexto completo: “Hay que tener en cuenta el clima, el nivel de actividad física, la edad y la dieta. La sed es una referencia clave, pero siempre hay que interpretarla dentro del contexto de cada persona”, concluye.

En resumen práctico: si el calor aprieta, si el esfuerzo es largo o si la sed falla (como ocurre con la edad), toca actuar con cabeza. Beber más no siempre es mejor; beber mejor sí.