10 señales para identificar a un psicólogo o terapeuta poco profesional

Señales de alerta para detectar a un psicólogo poco cualificado: comportamientos, promesas y prácticas que deberían encender las alarmas. Descúbrelo

La terapia psicológica puede marcar un antes y un después cuando la vida aprieta. Ayuda a entender lo que pasa, ordenar emociones y tomar decisiones con más calma.

Sin embargo, no todo vale. Las malas prácticas de algunos profesionales pueden colarse en cualquier relación terapéutica dentro del ámbito de la salud (medicina, psicología, etc.). A veces el bloqueo está en la falta de predisposición al cambio, pero otras veces el problema es distinto: el psicólogo o terapeuta no actúa como debería y el daño lo recibe la salud mental del paciente.

Viktor Frankl, psicólogo existencial y autor del libro “El hombre en busca de sentido”, llamó “neurosis Iatrogénica” al efecto negativo provocado (o empeorado) por agentes de salud como médicos, psicólogos y terapeutas. Y aunque muchas personas mejoran en terapia, en ciertos casos la terapia psicológica puede ser contraproducente y agravar lo que ya estaba ahí.

  1. Alertas para detectar un mal psicólogo o terapeuta

Alertas para detectar un mal psicólogo o terapeuta

La clave está en identificar a tiempo las señales. ¿Qué comportamientos delatan una mala praxis en consulta? ¿Qué dinámicas pueden frenar la mejora cuando el problema no es la terapia en sí, sino la forma de aplicarla?

A continuación aparecen los avisos más claros. Si alguno se repite, conviene reaccionar: pedir explicaciones, replantear el proceso o buscar otra opción profesional sin esperar a que el malestar crezca.

1. La sensación de estar bajo juicio

Nunca deberías sentirte juzgado ni criticado por el terapeuta, porque nadie es perfecto. En consulta se va a trabajar, no a recibir reproches.

El profesional de la psicología debe intentar comprender tu situación, y aunque no la comparta, no debe imponer su opinión. La relación terapeuta-paciente es profesional: el objetivo es aportar herramientas para mejorar el bienestar. Un terapeuta que critica de frente y humilla rompe la base del proceso.

2. No domina el tipo de problema

Puede que el especialista elegido no sea el adecuado para lo que ocurre. Dentro de la psicología hay distintas especializaciones, y no todos los psicólogos tienen las competencias para abordar cualquier dificultad.

Por ejemplo, alguien centrado en desarrollo personal no tiene por qué estar preparado para tratar trastornos de la conducta alimentaria. Además, hay personas que encajan mejor con la terapia cognitivo-conductual y otras con la terapia Mindfulness. En resumen, no todas las terapias funcionan igual en todas las personas.

3. Habla demasiado de su vida

Que el terapeuta use ejemplos puntuales puede tener sentido si ayuda a comprender el problema o a normalizar ciertas reacciones. Bien usado, puede reforzar el clima de confianza o rapport y abrir la conversación.

Pero hay una línea clara. Cuando el terapeuta se centra demasiado en sí mismo, el foco se pierde. Hablar de logros, dilemas, trabajos, artículos o familia de forma recurrente resta espacio a la terapia. Y aún peor si aparecen detalles íntimos de su vida cotidiana, como prácticas sexuales.

4. Falla la comunicación en sesión

Estudiar la carrera de psicología aporta base técnica, pero no basta. También se necesitan habilidades interpersonales y habilidades de comunicación para sostener el proceso.

Una de las claves de la relación terapeuta-cliente es que exista buena comunicación y entendimiento entre ambos actores para construir una buena alianza terapéutica. Si hay malentendidos constantes, o si simplemente no hay feeling, los beneficios pueden no llegar. A veces es una cuestión de actitud del terapeuta; otras, de encaje entre personas.

5. Cruza límites profesionales

Aunque sorprenda, hay terapeutas que desarrollan una conexión emocional que va más allá de lo profesional. Ese desliz cambia el marco de seguridad que debería proteger la terapia.

Si el psicólogo siente atracción física por su paciente, puede perder objetividad. Señales como abrazos o caricias repetidas son una alerta. Además, para que la relación terapéutica sea sana, los encuentros fuera del consultorio resultan contraproducentes.

6. No escucha de verdad

Las sesiones son espacios donde lo emocional pesa. Por eso, cada gesto cuenta: silencios, miradas y tiempos para hablar.

El terapeuta, además de dar pautas de actuación, debe escuchar activamente, con atención real. Interrumpir de forma continua rompe la conexión y la confidencia creada. Y si además no recuerda datos relevantes del caso, la sensación de cuidado se desploma.

7. Minimiza lo que te pasa

Puede ocurrir que el terapeuta infravalore el problema de su cliente al interpretar de manera errónea la información recibida. Ese error puede empujar a un tratamiento que no encaja y acabar empeorando la sintomatología.

Cuando el dolor se reduce a “no es para tanto”, el mensaje que llega es peligroso: que no merece atención. En ese escenario, la persona puede cerrar temas importantes o dejar de confiar, justo lo contrario de lo que necesita una terapia eficaz.

8. Cuenta cosas de otros pacientes

La información que el paciente proporciona al terpeuta es información confidencial que no puede compartir con otros pacientes. La privacidad no es un extra: es una condición básica del vínculo terapéutico.

Si el psicólogo comenta datos privados de otros clientes, no es una anécdota. Está entrando en un terreno de mala praxis y puede ser denunciado por ello.

9. Impone su sistema de valores

Como se explica en el punto uno, el terapeuta no debe cuestionar ni criticar al paciente. La terapia no está para corregir a una persona, sino para ayudarla a comprenderse y avanzar.

Si el profesional promueve su propia escala de valores o creencias, el proceso se contamina. Aunque no comparta ideas políticas o religiosas del paciente, no debería cuestionarlas. Hacerlo daña seriamente la relación terapéutica.

10. No deriva cuando toca

Puede ocurrir que el terapeuta detecte que la relación con el paciente ha llegado a su fin por distintos motivos. No siempre significa fracaso: a veces es una señal de que hace falta otro enfoque.

Puede que el encaje no sea el adecuado, que se necesite a un especialista en un tema concreto o que el modelo terapéutico no coincida con las necesidades del paciente. En esos casos, el terapeuta debe derivar a otro profesional sanitario para que la persona pueda beneficiarse de una ayuda más adecuada. Si no lo hace, también se considera mala praxis.